Joven mujer usando una mochila y un castillo al fondo.

Cuando empecé a construir este sitio, dediqué varias horas a mi página «sobre mí«, pues sabía que sería una de las más accedidas. Además, aquella es la página que cuenta mi historia, donde atrévome a exponerme y revelo mi esencia. Cada párrafo representa un paso mío en esta gran jornada que es la vida. Entonces, tuve que encontrar inspiración dentro de mí misma, lo que en sí solo ya no es fácil. Sin embargo, durante este breve proceso de autoanálisis, fue un acontecimiento en particular que más me detuvo. El párrafo sobre mi intercambio de doce meses en Irlanda insistía en resultar no satisfactorio, rindiendo innumerables versiones muy diferentes entre sí. Cuando finalmente terminé, me puse a pensar intrigada: ¿lo que es que había convertido la simple composición de un párrafo en una tarea tan ardua? La respuesta tampoco estaba clara. Cuando recuerdo mi año en Dublin, las emociones son tan intensas y complejas, que es realmente desafiante traducirlas en palabras. Fue ahí que decidí que esta historia valía un post.

No solamente un post, como el primero de este blog, ya que aquí pretendo dejar registradas mis impresiones más personales. Las experiencias que viví en aquel período ayudaron a moldear la persona en que me convertí después y la manera que pasé a ver a mí misma y al mundo. Aquellos 365 días, rellenos de lágrimas y sonrisas, me impactaron de tal forma, que me animo sin vacilación a recomendar lo mismo a quienquiera que sea.

Y es así, en este espíritu, que dejo aquí, en las próximas líneas, un débil intento de transformar las más intensas emociones humanas en palabras; de reunir algunos de los motivos por que creo que un intercambio es, de hecho, una de las vivencias más significativas que alguien puede experimentar.


Aprender el idioma de verdad

Mujer en un parque sosteniendo una hoja de Maple en la mano.

Por más que tú estudies mucho en tu país de origen, difícilmente vas a aprender en un curso como se dice “colador de espaguetis” o “cebollino” en la lengua que estás aprendiendo. Y estos son solamente dos ejemplos muy modestos de las innumerables palabras que yo sólo aprendí en el intercambio, aunque habiendo estudiado diez años de inglés en Brasil, me convertido en maestra y viajado una vez de vacaciones a los Estados Unidos. Esto porque hay vocabularios que tú sólo percibes que necesitas cuando vives y tienes una rutina en determinado lugar. Además, entender y ser entendido por hablantes nativos y también de otras nacionalidades, con diferentes acentos, te permite implicarse en la cultura local en un grado superior al de la comprensión de un texto o de la letra de una canción. Ver una película jamás tendrá el mismo efecto que una charla con el señor que se sentó a tu lado en la estación de tren.

Conocer lugares fascinantes

Mujer de pie sobre rocas con olas que se rompen detrás.

Todo el mundo sabe que París tiene la Torre Eiffel, Nueva York tiene la Estatua de la Libertad y China tiene la Gran Muralla. Y por supuesto que ver estos grandes monumentos personalmente ya despierta sensaciones indescriptibles. Sin embargo, cuando nos trasladamos a otro país, o mismo a otra ciudad, nuestra curiosidad y nuestro deseo de pertenencia nos llevan, inevitablemente, a querer explorar cada rincón de nuestro nuevo hogar. Y es ahí que tú descubres que un lugar es definido por mucho más que sus tarjetas postales. El planeta Tierra es enorme e infinitamente diverso en su geografía y en sus civilizaciones. Sea cual sea el lugar que elijas para hacer tu intercambio, vivir en un lugar por un período mayor que lo que generalmente duran las vacaciones te abre posibilidades para conocer lugares increíbles, que tú probablemente nunca antes ni siquiera habías soñado que existían.

Enriquecer tu visión sobre otros países

Mujer sobre un puente con el río detrás.

Por todos los motivos que ya he citado arriba, y aun por alguna otra razón misteriosa para mí, pero excepcionalmente transformadora, sumergirse en una cultura diferente te hace empezar a entender el mundo a través de una perspectiva completamente nueva. Tú pasas a ver, casi que literalmente, con otros ojos, no solamente el país que elegiste para hacer tu intercambio, sino también todos los otros. Esto porque, es muy probable que encuentres a otras personas, de diferentes nacionalidades, que estarán allá por diferentes razones, y el contacto con estas personas también te va a proporcionar un contacto indirecto con sus respectivas culturas. Sin embargo, aun cuando viajes a un lugar extremadamente remoto y te relaciones casi totalmente sólo con los nativos del lugar, el simple hecho de vivir una realidad que con seguridad será enteramente distinta de cualquier expectativa antes imaginada, solamente esto ya va a promover una liberación de estereotipos tan poderosa, que te permitirá, a partir de entonces, viajar a cualquier otro lugar con la mente verdaderamente abierta.

Enriquecer tu visión sobre el propio país

Mujer sentada en un jardín con edificios al fondo.

Aún más difícil que explicar cuánto mi percepción sobre otros países se expandió, es tratar de describir la intensidad de la transformación que mi entendimiento sobre Brasil sufrió. Cuando pasas a vivir lejos, tú vas poco a poco incorporándote al nuevo hogar y empiezas a mirar los acontecimientos en tu tierra natal de otro ángulo, como un observador externo. Y esta es una experiencia extraordinariamente reveladora, que sólo quien hace un intercambio logra vivir. El contacto con culturas extranjeras despierta tu atención hacia cosas que antes pasaban desapercibidas, o eran consideradas normales, en tu lugar de origen. Luego, tú pasas a valorar mucho más algunas de ellas y a cuestionar otras. Eso sin contar que es muy posible que tú encuentres a otras personas de diferentes regiones y clases sociales de tu propio país, las cuales difícilmente conocerías si no hubieras salido de allá. Especialmente si vienes de una nación tan grande, densamente poblada y culturalmente diversa como Brasil. Tú comprendes, entonces, que pueden existir infinitas realidades y costumbres dentro de un mismo territorio, y que aquello que tú creías que sabías, ya no cabe más en una cajita.

Madurar

Mujer de pie sobre rocas con un paisaje tipo sabana al fondo.

No importa tu edad o cuánto la vida ya te haya enseñado, un intercambio siempre será una vivencia de intensa maduración y crecimiento personal, tanto en el lado práctico cuanto en un más abstracto. Para quien siempre vivió con sus padres, eso puede significar tener que lavar la ropa o cocinar sin ayuda por primera vez; para quien ya había salido de casa, pero permanecido en la misma ciudad de la familia, es acordarse de que no hay más como pedir prestado el tazón de mamá, o visitar rápidamente la abuela sólo para ganar un abrazo. Tú estarás a cientos o miles de kilómetros de distancia, tal vez incluso en otra zona horaria, y habrá momentos en que te sentirás completamente solo y desplazado del mundo que dejaste atrás. Y por más que trates de explicar, quien se quedó no tiene como entender. Ahí es la hora de mirar hacia dentro y hablar contigo mismo. Es en estos momentos que vas a conocerte de verdad, descubrir lo que hay de mejor y de peor en sí mismo, y convertirte conscientemente en la persona que deseas llevar hacia tu futuro.

Aprender a vivir en comunidad

Mujer sentada en el borde de una fuente.

Sea en hostel, familia anfitriona o compartiendo un apartamento, la gigantesca mayoría de los que hacen intercambio va a vivir con otras personas. Y serán, por regla general, casi que seguramente, personas de los más diversos orígenes sociales y geográficos. Lo que, al principio, puede parecer el escenario perfecto para un incesante clima de diversión, puede también fácilmente convertirse en una pesadilla. Es un tipo de convivencia mucho más desafiante que tener que compartir un juguete con alguien, o poder simplemente encerrarse en su habitación por un tiempo, hasta que pase el dolor. Será necesario aprender a dividir tareas, negociar y respetar diferencias a niveles astronómicos. Al final, tal vez tú incluso descubras que estar junto es la mejor cosa del mundo. Pero también vas a saber que, a veces, es necesario estar solo. Así, vas finalmente a entender el real significado de espacio individual, tanto para sí mismo como para los otros. Y, sin querer, vas a terminar cargando estas lecciones para siempre, y actuando así no sólo en el ambiente doméstico, sino también en los espacios públicos y en tus demás círculos sociales.

Hacer amigos para toda la vida

Mujer en un zoo con tres jirafas detrás.

Si yo pudiera dar solamente una certeza sobre un intercambio, yo diría que tú vas a conocer a mucha gente. Algunos sólo van a pasar, con otros tú vas a mantener contacto por un tiempo; algunos se convertirán en buenos amigos, y unos pocos aun serán tus hermanos de alma. Pero, no te preocupes. La relación con tu familia y antiguos amigos continuará la misma o, quizá, incluso se estreche, por cuenta del tiempo lejos. Sin embargo, habrá sentimientos los cuales, por más que te esfuerces, por mayor que sea tu deseo de compartirlos, serán simplemente imposibles de ser expresados en palabras. Solamente quien estaba allá, físicamente a tu lado, quien vio y vivió junto contigo todos aquellos momentos, los más eufóricos y los más desesperados, va a entenderte de verdad. Y estos lazos serán tan fuertes, que no importarán los caminos que cada uno tome después, la conexión estará siempre allí, tan vívida como en la época del encuentro.

Convertirse en un ciudadano del mundo

Mujer de pie en una calle llena de gente y con luces de Navidad.

Después de hacer un intercambio, tú pasarás a sentirte siempre con un pie acá y otro allá, y el mero concepto de pertenecer únicamente a determinado lugar parecerá ilógico. Tú verás, de manera cada vez más evidente, que las fronteras geográficas de la Tierra son artificiales; que nociones tan duramente establecidas, como país y nacionalidad, son en realidad convenciones que la humanidad creó para fragmentarse, aislarse y limitarse. La verdad es que esta gran colcha de retazos, que vemos en los atlas, existe solamente en el papel. Si paramos para pensar, eso es muy cruel. De hecho, pertenecemos todos a la misma especie y habitamos el mismo planeta. Llega una hora que esa conciencia despierta en ti de forma tan espantosamente natural, que queda cada vez más difícil identificarse con un único pedazo de suelo. Tú comprendes que tienes sí raíces, pero que también tienes ramas, hojas, flores y frutos que pueden crecer y llegar donde tú quieras. Tú formas parte de la comunidad global, perteneces al mundo, y como tal eres libre para salir y explorar todos los rincones de tu hogar, sin culpa de dejar algunas cosas atrás, ni miedo de lo que te espera más adelante.


No puedo prever si tu intercambio será bueno o malo, más o menos intenso, más o menos revelador; pero arriesgo decir que habrá un poco de todo y que será único. Cada uno vivirá experiencias completamente diferentes y no hay como saber, si no buceas en lo desconocido para descubrir cuáles serán las tuyas. Y esta es justamente una de las mayores maravillas de este tipo de cambio. Sólo hay una certeza: valdrá la pena, cada centavo invertido y cada minuto vivido.


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